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Sobre el futuro de la Universidad
Sábado 17 de enero de 2015

En el marco de la serie ’La universidad a examen’, el diario El País analiza las perspectivas de futuro del sistema universitario español.

¿Hacia dónde debe ir la Universidad? La Universidad está un punto de inflexión: la crisis económica, el aumento de los costes de la educación superior, la puesta en cuestión de su propia esencia en un mundo de tecnología que pone a disposición de cualquiera en cualquier punto de planeta obliga a tomar decisiones urgentemente y probablemente a cambiar muchas cosas. La pregunta es: ¿en qué dirección?

-* El saber ya no cabe en el campus

En la era de Internet la Universidad ha perdido el monopolio del conocimiento. Los estudiantes y el mercado exigen un modelo más flexible: http://politica.elpais.com/politica/2014/12/26/actualidad/1419609264_406943.html

Aprendió a programar buscando información en Internet y con algo de ayuda de su padre, también programador. “Lo hice con tutoriales; ensayo y error y echándole muchas horas”. En clase, se aburría. A los 12 años, Luis Iván Cuende creó un sistema operativo desoftware libre, a los 15 ganó un premio al mejor hacker europeo menor de edad. Con 19, monta empresas tecnológicas, ha publicado un libro —Tengo 18 años y ni estudio ni trabajo—, da conferencias por todo el mundo y ha sido asesor especial de la vicepresidenta de la Comisión Europea. Y no piensa estudiar una carrera. “Simplemente, creo que no aporta nada a mi método de aprendizaje, porque aunque no esté en la universidad yo aprendo todos los días”, explica.
Siempre ha habido mentes más despiertas, que sobresalen por cualquier razón, y siempre ha habido autodidactas. Pero en el mundo de Internet, el joven Cuende representa algo más. Es la personificación de los augurios de algunos expertos que aseguran que la democratización del conocimiento a través de la Red terminará haciendo de las carreras universitarias algo innecesario.

Otros, la mayoría, no van tan lejos: “El valor de la Universidad no es solo transmitir conocimientos, se trata de formar a personas, su identidad, su capacidad crítica y analítica”, dice Roger Chao, profesor de la Universidad de Hong Kong y asesor de la ONU. Pero casi todos admiten que la educación superior está ante un cambio radical y que los campus han de adaptarse a las necesidades de los alumnos y no al revés, como ocurría hasta ahora.

Hablan de un mundo en el que se multiplicarán las posibilidades: desde los cursos masivos gratuitos por Internet entre los que se podrá ir picoteando (hoy, una asignatura de Harvard, el próximo semestre otra de la Carlos III) hasta titulaciones online, presenciales y, sobre todo, mixtas. Dicen que se romperán los corsés de carreras cerradas y las estructuras clásicas de facultades con saberes separados, y que buena parte del trabajo de la Universidad consistirá en certificar los conocimientos que alguien puede haber adquirido de mil maneras y fuentes.

“El valor del título será incierto. Lo que es seguro es que tener una educación universitaria deberá suponer habilidad para manejar el cambio, la colaboración, la sobrecarga de información y la incertidumbre”, dice la profesora de la Universidad de Duke (EE UU) Cathy Davidson. Y añade: “Eso requiere una fusión de disciplinas: filosofía, física, historia, informática, antropología, ingeniería... En los desafíos del mundo real, está cada vez menos claro donde termina una disciplina y comienza otra”.

Está pasando algo parecido a lo que ocurre en los medios de comunicación, un sector en el que las nuevas tecnologías han multiplicado la oferta, ejemplifica el profesor de la Pompeu Fabra Carlos Scolari. “Oferta gratis y de pago, más corta y más larga, presencial, online... Los estudiantes tendrán una dieta más variada, igual que con los medios, que entramos en Twitter, luego vemos el periódico, escuchamos la radio, vamos a Youtube...”. La Pompeu Fabra encargó a Scolari un estudio para Diseñar la Universidad del futuro (así se titula el trabajo). “La crisis económica, en este contexto, es solo un condimento más a una crisis existencial de la institución tradicionalmente dedicada a la formación superior”, dice el texto.

Según esta idea, la Universidad española tiene que lidiar con este reto a la vez que con los recortes y con problemas pendientes como los que se han tratado en esta serie de reportajes: endogamia, falta de incentivos, de rendición de cuentas... Aún así, se están haciendo avances. Se multiplican las iniciativas (muchas veces desperdigadas) de utilización de videoconferencias, plataformas de docencia virtual, herramientas de trabajo colaborativo, de software libre, asignaturas híbridas con clases virtuales y seminarios presenciales. Hay universidades, como la Jaume I de Castellón, que tienen en sus estatutos promocionar el uso de la tecnología.

Pero no parece suficiente. No solo porque el retraso en la parte pedagógica es muy grande, según Scolari. Ni por casos como el de Luis Iván Cuende. Las costuras del modelo clásico se están saltando y las evidencias más claras están en el auge de la educación online. El número de alumnos de los campus presenciales (sin contar los másteres) descendió un 12% en la última década (en 177.000, hasta quedarse en 1,21 millones); sin embargo, a pesar de la bajada de 2013, en las no presenciales creció el 15%(hasta 198.000).

  • La función social de la Universidad

Defendemos un modelo que aspire a la calidad académica se comprometa en el uso del conocimiento que genera, escribe Josep Ferrer Llop,
Catedrático de Matemática Aplicada, exrector de la Universidad Politécnica de Cataluña: http://politica.elpais.com/politica/2014/12/26/actualidad/1419608973_749352.html

La Universidad ha alcanzado en buena medida los objetivos académicos y de regeneración democrática propuestos en la transición. Está en condiciones de asumir los nuevos retos sociales, que deben ser debatidos y clarificados para determinar los pasos a dar.

Una alternativa falseada

El debate sobre el modelo de universidad sigue vivo desde que en 1994 el Banco Mundial pusiera negro sobre blanco la propuesta de derivar la universidad hacia un modelo “empresarial”, concibiendo la educación superior como una mercancía más. En la Conferencia Mundial UNESCO Paris-98 prevalecieron las tesis “sociales”, pero el debate no se ha cerrado y de hecho la llamada mercantilización de la universidad ha ganado terreno en este par de décadas.
En nuestro país tales tesis se argumentaron inicialmente sobre un diagnóstico catastrofista de nuestra universidad, en realidad difícil de justificar. En efecto, en los últimos 40 años nuestra universidad ha dado un salto sin precedentes, hasta conseguir la homologación con las de nuestro entorno, como demuestran las cifras sobre producción científica, intercambios internacionales, etc. Somos los primeros en denunciar que hay mucho por hacer, pero partiendo de la esperanza de que ya se ha hecho mucho y bien.
Ese diagnóstico tendencioso venía seguido de propuestas, igualmente injustificadas, sobre gobernanza, financiación, gestión de personal, etc. Así, contra un pretendido desgobierno, se propugnaba un modelo piramidal y externalizado, cuando los análisis comparativos no detectan correlaciones (ni en el ámbito público ni en el privado) entre el modelo de gobierno y la calidad de la universidad.
Finalmente, la crisis ha sido la excusa para aplicar alguna de dichas recetas, sin necesidad de diagnósticos ni argumentaciones. Así vemos como se reducen y precarizan las plantillas, se aumentan las tasas universitarias o se recortan drásticamente las dotaciones para investigación, apelando simplemente a les estrecheces presupuestarias, obviando el análisis de si con esto estamos pervirtiendo la función y el modelo de la universidad.

Un país basado en el conocimiento

Frente a todo ello defendemos un avance decidido hacia un modelo social de Universidad, que no sólo aspire a la calidad académica, sino que también se comprometa en el uso del conocimiento que genera y difunde. Esto es, que la universidad sea también un agente activo de desarrollo socio-económico, hacia un país basado en el conocimiento.
Un país que siga avanzando hacia la generalización de la educación superior (profesional y universitaria), culminando el camino iniciado hace un siglo con la alfabetización universal. Un país donde las clases populares tengan igualdad de oportunidades para la formación de alto nivel, pero también para un ejercicio profesional vinculado a la investigación y la innovación. Un país en que los profesionales en activo y la ciudadanía en general siga ampliando y actualizado sus conocimientos.
Pero se requiere también un cambio profundo en el modelo productivo, que de basarse en la competencia por precio, pase a hacerlo en la innovación en productos y procesos. Nuestro tejido empresarial no ha aprovechado suficientemente la época de vacas gordas para invertir en esta dirección, de forma que buena parte del conocimiento creado termina por desaprovecharse.
Más aún, las externalidades positivas de la educación superior y del conocimiento son muy superiores a las computables comercialmente. La valorización del concomimiento debe ir más allá de su uso mercantil, apreciando su uso social en iniciativas públicas, de servicio general o de solidaridad. Así, ya el “Manifiesto de Bucarest” de 1998 aboga por poner la ciencia al servicio de la ciudadanía, por ejemplo, en el sentido de que las opciones ideológicas y políticas deban respetar las bases científicas y el rigor intelectual.

El compromiso social

Para que todo ello pase a formar parte del horizonte universitario es necesario el compromiso social de la comunidad universitaria, pero también el convencimiento y el apoyo de la administración, del empresariado, de los agentes sociales y de la sociedad en general. Construir un país basado en el conocimiento requiere la colaboración de quienes lo generan, pero también de quienes lo financian y lo aplican.
Ese compromiso social de la universidad no haría sido reforzar la necesidad de la autonomía universitaria, nunca interpretable como aislamiento o inhibición. Sólo desde la autonomía académica y financiera se puede ejercer esa labor creativa y crítica.
Un tercer elemento es imprescindible en este modelo social de universidad: la trasparencia y la rendición de cuentas. No sólo en la gestión económica, sino también en la formulación de objetivos, en la toma de decisiones y en los mecanismos de evaluación.

Los condicionantes y las consecuencias

Por supuesto no es fácil asumir esta nueva función social de la universidad en momentos de restricciones económicas, puesto que su rentabilidad, aunque innegable, lo es a medio y largo plazo. Resulta más fácil derivar hacia el modelo mercantilista, en el que los costos corren a cargo de los “clientes” o beneficiarios particulares: estudiantado que aspira a altas retribuciones profesionales, mercado laboral que acoge dicho capital humano, empresas que adquieren a costos indirectos los resultados de la investigación, investigadores que obtienen retribuciones complementarias,…

Otros aspectos, sin embargo, son hasta cierto punto independientes de estas limitaciones económicas. Por ejemplo, clarificar las competencias y responsabilidades de los distintos actores. Por una parte, a las administraciones, como responsables de la planificación y coordinación del sistema, corresponde la determinación de los objetivos generales (en la línea de los antes relacionados) y la atribución de objetivos particulares a cada entidad, con su participación. A partir de ahí la comunidad universitaria debe responsabilizarse de su organización y de sus decisiones para dar cumplimientos a esos objetivos. Por su parte, el Consejo Social (convenientemente remodelado) probablemente sea el canal más adecuado para la rendición de cuentas y la valoración de los resultados alcanzados, ya que su conocimiento del entorno y de la propia universidad le han de permitir interpretaciones más acertadas de los indicadores y parámetros, evitando las conclusiones asépticas de los ranking al uso.

En cualquier caso, la asunción de esta función social de la universidad conlleva consecuencias sobre la orientación de su docencia e investigación, sobre las formas de gobierno interno y de elección de cargos, sobre los mecanismos de control económico, sobre la gestión de gestión de personal, sobre los instrumentos de financiación, etc.
Es inútil un debate sobre todo estos aspectos sin clarificar previamente la función social que esperamos de nuestra universidad. Los condicionantes circunstanciales quizá limiten la implementación de las conclusiones, pero por lo menos tendremos claro el camino a seguir.

Josep Ferrer Llop es catedrático de Matemática Aplicada, exrector de la Universidad Politécnica de Cataluña

-* Vientos de cambio.

Las universidades españolas se especializarán y tendrán que competir, escribe Daniel Peña, Rector de la Universidad Carlos III de Madrid: http://politica.elpais.com/politica/2014/12/26/actualidad/1419609039_746659.html

La revolución digital está produciendo ya cambios fundamentales en las universidades de todo el mundo y las españolas tendrán que transformarse sustancialmente en los próximos años. Estos cambios van a afectar a la docencia, la investigación y la transferencia, y, también, a cómo las universidades se organizan y se financian. Las universidades españolas se especializarán y tendrán que competir por estudiantes y por profesores en un entorno más internacional y más abierto.

En primer lugar, vamos a asistir a cambios fundamentales en los métodos docentes y en la organización de las enseñanzas. La aparición de Internet hizo posible la formación on-line a distancia, pero no modificó, en sí misma, el proceso de aprendizaje. Se grabaron clases en vídeo y se colgaron en la red con ejercicios, reproduciendo a distancia el método habitual de enseñanza presencial utilizado en las universidades desde su creación en el siglo XIII. El cambio pedagógico vino de la mano del MIT. En 2001 lanzó la iniciativa OpenCourseWare (OCW) dando acceso libre y gratuito a los materiales de muchos de sus cursos oficiales. La extensión de esta idea ha llevado a la aparición de plataformas abiertas como EDX, Cursera y MiriadaX en España, que ofrecen cursos universitarios gratuitos a distancia o cursos masivos on line (MOOCs). En 2004 Salman Khan, un joven ingeniero del MIT, inspirado por este espíritu de apertura, grabó y colgó en Youtube vídeos cortos explicando matemáticas para sus primos en New Orleans. Tuvo la intuición genial de grabar lo que vería un estudiante si él estuviese a su lado explicándole el concepto en una hoja de papel, en lugar del busto parlante habitual en los vídeos docentes.

Cada vídeo explicaba un sólo concepto y equivalía a una clase particular de unos pocos minutos de duración. Además, después de la explicación incluyó ejercicios de autocomprobación simples, para que el estudiante pudiera comprobar por sí mismo si había entendido el concepto y era capaz de aplicarlo. Si el estudiante no respondía adecuadamente a la comprobación podía escuchar de nuevo el vídeo y volver a intentarlo hasta conseguirlo. Su método tuvo un éxito inmediato y sus vídeos fueron utilizados por estudiantes de todo el mundo. Este efecto le animó a fundar la Khan Academy, una institución sin fines de lucro y financiada con donaciones privadas, que promueve la enseñanza gratuita a distancia con vídeos cortos y autocomprobación del aprendizaje. La formación en línea tiene la gran ventaja de proporcionar información detallada sobre el proceso de aprendizaje de cada estudiante: si resuelve o no a la primera el ejercicio planteado después de escuchar el vídeo, cuanto tiempo le lleva revisarlo y donde se demora en el vídeo antes de volver a intentarlo, etc. Estos datos son muy valiosos para entender cómo aprende cada estudiante y cómo ayudarle mejor en el futuro. Toda esta información ha llevado a replantear el papel de la enseñanza on line como complemento de la enseñanza presencial. Algunas universidades están cambiando el papel tradicional de la clase (flipping classroom): en lugar de impartir lecciones a grupos de estudiantes que hacen luego ejercicios en casa para comprobar su aprendizaje, los estudiantes escuchan vídeos en casa, comprueban su comprensión con ejercicios en línea, y en la clase trabajan en grupo con la ayuda del profesor sobre las implicaciones de estos conceptos en la práctica.

Vamos a asistir a cambios profundos en los métodos docentes y en la organización de las enseñanzas
Estos cambios están afectando a la organización de la docencia en las mejores universidades del mundo y tendrán su repercusión en España. Se modificará el papel del profesor, de conferenciante a estimulador del aprendizaje, y el del estudiante, protagonista de su propia formación. Además, hará cambiar la tradicional organización de un Grado en asignaturas de duración fija. De hecho, es posible que las lecciones que siga un estudiante hayan sido grabadas por profesores de una universidad distinta a la suya, de la misma forma que ahora utiliza textos de profesores de otras procedencias. La duración del curso también puede variar en función del trabajo e interés del estudiante. Se favorecerá la colaboración docente entre universidades y las titulaciones conjuntas, con estudiantes que siguen a distancia con plenos efectos académicos cursos de distintas instituciones.

La globalización y la apertura van a cambiar también la relación entre investigación y la transferencia. En el pasado estas funciones de la universidad se han movido por caminos distintos, donde por un lado los mejores investigadores creaban nuevo conocimiento, sin relación con su posible aplicación, y por otro, algunos profesores desarrollaban consultoría, con frecuencia con poca innovación real. En el futuro ambas funciones estarán mucho más próximas y se llevarán a cabo en centros de investigación con financiación privada y pública, donde los profesores universitarios trabajen mano a mano con investigadores de empresas e instituciones para crear y mejorar productos y servicios. Las mejores universidades integrarán esta investigación en la docencia, y los estudiantes tendrán que demostrar su capacidad para innovar y aplicar los conocimientos adquiridos en nuevos contextos para graduarse.

La investigación del futuro será cada vez más interdisciplinar, y habrá que crear nuevos espacios más flexibles para romper los cotos cerrados de los pequeños departamentos especializados. La gobernanza de las universidades españolas, basadas en un sistema de contrapesos de poder que hace fácil mantener privilegios y difícil el cambio, tendrá que adaptar su toma de decisiones a lo que es habitual en las buenas universidades del mundo.

Las universidades tendrán que especializarse en lo que hacen bien y cooperar con otras para complementar su oferta docente e investigadora. Hoy un profesor puede impartir en la intimidad de su clase un curso muy mediocre, pero este curso no podrá sobrevivir si sus estudiantes tienen la opción de elegir y seguir a distancia un curso impartido por un profesor excelente. De la misma forma es difícil justificar un programa de doctorado impartido por investigadores que no han demostrado su capacidad para crear conocimiento relevante y que produce tesis doctorales cuyo impacto en la ciencia es nulo. La ventaja de un mundo más abierto es que la competencia docente o investigadora de los profesores será cada vez más pública, y por lo tanto la exigencia aumentará y la competición por atraer a los mejores estudiantes y profesores cambiará la estructura de las universidades españolas. Inevitablemente este proceso llevará a replantear su financiación, de manera que sus recursos dependan cada vez más de sus resultados, como ocurre en las universidades de los países más desarrollados y líderes en educación e investigación científica.

Daniel Peña es rector de la Universidad Carlos III



 
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